Diciembre
Hay días en lo único que pido es que por amor de Dios no me
vaya a doler la úlcera. Ya no pido encontrar buenas noticias en los diarios o
en las cartas que recibo o poder escribir algo honorable, ni siquiera recibir
dinero de algún lugar, sólo que se me ahorre ese dolor tenaz, renovado, artero,
que en el metro, en la oficina, en la casa o en la calle con amigos, me demacra
en pocos segundos y me deprime moralmente hasta la misantropía. Ese dolor, sin
embrago, me autoriza a meditar una vez más sobre las enseñanzas del dolor
físico y sus efectos, filosóficos y morales. El dolor físico es el gran
regulador de nuestras pasiones y ambiciones. Su presencia neutraliza de
inmediato todo otro deseo que no sea la desaparición del dolor. Esa vida que
nos recusamos por que nos parece chata, injusta, mediocre o absurda cobra de
inmediato un valor inapreciable: la aceptamos en bloque, con todos sus
defectos, con tal de que se nos dé sin su forma de vileza más baja que es el
dolor. Porque éste recuerda nuestra más miserable condición animal: la del
perro atropellado, la de la res en manos del matarife. Sólo cuando se va el
dolor nos volvemos exigentes y empezamos a encontrarle peros a la vida. Pero el
dolor regresa.

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